En el municipio de Coronango, en el Estado de Puebla, brotan aquí y allá viviendas de dos pisos que tienen más fuste que la mayoría de las que las rodean. Son el símbolo del dólar en una tierra humilde, la señal de las familias que perdieron de vista a esposos, hijos y hermanos a cambio de una fuente de ingresos a la que aquí no podían aspirar: las remesas de los emigrantes a Estados Unidos. Ahora, lejos de este pueblo aletargado de fabricantes de ladrillo y de empleados de la maquila (talleres textiles), se cuece una ley que podría devolverles la oportunidad de ver a los que se fueron.

Si el plan de Barack Obama de regularizar a 11 millones de sin papeles, la mayoría mexicanos, tiene éxito, en Coronango se podría obrar el cuasi milagro de que en esas casas fabricadas a golpe de dólar se puedan reencontrar de una vez los que se quedaron y los que tuvieron que irse para poder pagarlas. De momento ya se ha dado un primer paso: el respaldo obtenido por la ley el pasado martes en el Comité Judicial del Senado anticipa una casi segura victoria de la legislación cuando sea sometida a voto en el pleno de la Cámara

Cuando se habla en Coronango de la posibilidad de que sus familiares de allá consigan papeles, en lo primero –por no decir lo único- que se piensa es en si será verdad que podrán regresar a visitarlos. Los indocumentados que están en Estados Unidos saben que si se suben a un avión para volver a México no tendrán otra forma de regresar al norte que repetir el purgatorio de la emigración clandestina: el desierto, los coyotes que sirven en la frontera de guías de dudosa fiabilidad, la sed, el peligro y un gasto de viaje (4.000 dólares como mínimo, dicen en Coronango) que no todos pueden asumir.

Hace cinco años, Antonio Tlachino Morales, 44 años, tuvo una conversación por teléfono con uno de los tres hermanos que tiene en Brooklyn. Su padre se había muerto. Antonio Tlachino le preguntó a su hermano si vendría a despedirlo. No. Él no tenía papeles y sus hijos ya habían nacido en Estados Unidos. Si regresaba al entierro era posible que no pudiese volver a vivir con su familia en Nueva York. “Ni siquiera pudieron darle a su padre el último adiós”, lamenta Tlachino. En la finca de esta familia hay una de esas casonas levantadas por las remesas. Está a medio construir. La crisis económica de 2008 en Estados Unidos frenó los ingresos de los hermanos de Brooklyn y Antonio Tlachino no pudo terminarles la obra. Por todo Coronango se ven construcciones paradas. Este hombre confía en que la regularización se concrete y que eso permita que el capital de sus familiares regrese con ellos (aunque sea por temporadas) y que se terminen las obras, y que los de allá puedan invertir acá sus dólares con la confianza de poder ir y volver de Estados Unidos libremente.

La fase de más emigración en este municipio situado en el este de México, a una hora y media en coche de la capital, fueron los primeros años 2000. Alrededor de un 15% de la población se fue a Estados Unidos, sobre todo a Nueva York, según explica el secretario del Ayuntamiento, Alejandro Coyotécatl. Él considera que la legalización de sus paisanos ayudaría en primer lugar a reunir a las familias pero también a nutrir la fuente de plata de las remesas. “Se estabilizarían los empleos de los de allí, y las remuneraciones que les darían, al ser legales, serían mayores”. La regularización que busca Obama podría ser un revulsivo para las cuentas de muchas familias.

Todavía en la sombra de la ilegalidad, el trabajo de los emigrantes rellena muchos huecos socioeconómicos del país. Otra vecina de Coronango, Ofilia González, de 36 años, mantiene a sus tres hijos con el dinero que le envía su marido, Jorge Flores Cruz, de 42 años. Son tres chicos menores de edad. El mayor es sordomudo y padece problemas cognitivos. Escucha hablar a su madre en el salón de la casa, que por supuesto también se montó con dólares. Lleva una gorra que pone New York. Se la envió su padre desde Estados Unidos. Su madre lleva una camiseta que pone lo mismo: New York. El cabeza de familia se fue en el año 2000 y estuvo 11 años viviendo en un barrio neoyorquino, el Bronx, donde su esposa también estuvo tres años. Él tardó todo ese tiempo en volver. Quería conocer a uno de sus hijos, que justo era un bebé cuando él dejó su pueblo. En 2011 volvió en avión para ver al muchacho, estuvo ahorrando un año y medio y en diciembre de 2012 volvió a pasar a Estados Unidos de clandestino, esta vez para trabajar de camarero en Connecticut.

La familia esta otra vez sin padre, y más que a la espera de que vuelva él, y de que regrese otro de sus hijos que se marchó allá con 16 años, la espera consiste en ver si finalmente también se va para allá alguno de los hijos que quedan con Ofilia González en Coronango. “Uno de ellos dice que para qué va a estudiar, que mejor se va a trabajar a Estados Unidos. Y otro sí que se quiere quedar. Quiere ser médico y actor”, dice la madre. En el salón se escucha cumbia mexicana. Sentada en el sofá de su casa, Ofilia González dice que no se cree eso de que le darán papeles a los hispanos. “Son 11 millones pidiendo papeles. Son muchos. Seguro que mi esposo y mi hijo no entran en eso”. Para ella la idea de que sus familiares puedan entrar y salir sin problema en Estados Unidos todavía es inconcebible.

 

http://internacional.elpais.com/internacional/2013/05/25/actualidad/1369494015_744970.html

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *